Posted by: elsalvador.com | November 22, 2009

El comercio, signo de recuperación en la castigada ciudad de Verapaz

Alejandra Dimas
Sábado, 21 de Noviembre de 2009

El sonido de la alarma de una excavadora mientras retrocede impide escuchar a Gloria Reyes. Sólo mueve los labios, pero el sonido se pierde. Corta cinta adhesiva y la pega en las orillas de un cartel que hizo ella misma.

“Se vende pollo por libras”, dice la cartulina. Antes del deslave del domingo 8 de noviembre no necesitaba anunciarse, pero ahora los afectados reciben víveres y optan por comprar sodas, golosinas y recargas electrónicas para celular. Estas últimas se le han agotado y sólo ofrece las tarjetas con el dorso raspable.

Esas ya no son tan populares, pero en este momento sirven con todo y la molestia de introducir el código y todo eso. La tienda la acaba de abrir justo en una esquina de la 4a. Avenida Sur, una de las pocas que componen el casco urbano de San José Verapaz en San Vicente.

“Algunos productos se me terminaron y los proveedores no habían podido entrar. Poco a poco estoy surtiendo, pero no se vende nada de cosas para cocinar”, se queja, pero le complace ver cómo va quedando limpia la cuadra.

A pocos metros, cuatro hombres comparte un cigarro y medio litro de agua ardiente. Uno se emborracha en memoria de cinco parientes fallecidos. Los demás acompañan al doliente entre trago y bocanada de humo.

Las familias que recuperaron maíz y frijol aprovechan el sol que se deja sentir después de aquellas seis horas de diluvio que castigaron al municipio.

En estas dos semanas ya se han habilitado para el tráfico vehicular algunas calles que eran intransitables, otras en donde el lodo rozaba los techos de casas de ladrillo y repelladas.

La mayoría de negocios ya abrió las puertas. Pero hay varios emblemáticos, que eran punto de reunión los jueves, viernes, sábado y domingo, que siguen cerrados. “El agroservicio Jiboa quedó terminado y el minisúper Wesman”, dice Luis García. Él es propietario de una ferretería y una pequeña tienda que pudo abrir hace tres días. El lodo no le permitió abrir las puertas, se le mojó el cemento, unas varillas de hierro, clavos, entre otras cosas que se encuentran en unos estantes de madera.

“Hubo varia gente que me ayudó a limpiar. Pero todavía no se vende como antes. La gente no sabe si reparar las casas porque tal vez ya no se pueda vivir aquí”, sentencia.

Un cliente quiere comprar una libra de cemento, pero no lo consigue.

“Es que si rompo la bolsa para darle una libra se me pierde el resto. Se endura”, le explica al comprador. Luis tiene su propio balance para ilustrar qué tan mal está el negocio. “Antes vendía 100 bolsas de cemento en seis días. Hace poco traje 50 bolsas y sólo he vendido cuatro”, detalla. Él vive en barrio Las Mercedes, uno de los pocos que ya cuentan con agua potable y energía eléctrica.

Unos jóvenes se reúnen en una acera para planificar la jornada de limpieza a la que se van a incorporar. Son las 9:00 de la mañana y lavan la acera en casa de un amigo.

“Vaya una foto aquí todos juntos para que la gente vea que la alegría vuelve a Verapaz”, sugiere uno.

En la calle Norberto Marroquín, la vía principal que en línea recta lleva al parque y la alcaldía los cafetines que rodean la plaza están abiertos en su mayoría. El único que no ha vuelto es el encargado de un pequeño taller de reparación de relojes.

Las pupuseras se atrasan despachando pedidos. Unos jóvenes de Cruz Verde desayunan a media mañana, otros han pedido varias para llevar. Una de las tiendas más fuertes, la tienda Guadalupe, también está llena. Un camión descarga cilindros de gas propano. La propietaria, Nubia Esmeralda Velásquez, hace la cuenta a una clienta; otra más pide medallones de pollo, pero se han terminado.

“Como amaneció sin luz, muchas cosas se me arruinaron, las paletas se deshicieron, pero he vuelto a abrir. La gente compra recargas, sobretodo”, responde un poco animada por el lleno de su negocio.

Una de las chicas que espera su turno en la tienda canta una canción de Ana Torroja y Alex Synteks. El sonido viene de un pequeño puesto de películas y discos quemados. Todavía hay pocos clientes para todo aquello que pueda parecer suntuoso. Muchos siguen sin luz, otros con los aparatos mojados. La venta sigue mala. Pero la gente se ve animada.

Miguel Ángel Cortez tiene un taller de reparación de refrigeradoras y cocinas. Acaba de sacar del lodo un Datsun del 78. Subió una refrigeradora que tiene que reparar. Ya arregló tres, pero al trabajo se une la necesidad de limpiar la casa.

El olor a lodo abandona el pueblo a medida que la maquinaria despeja las calles. En algunas zonas, el barro sigue húmedo, ennegrecido, revuelto con mazorcas, platos, zapatos, marcos de fotos, colchones de camas, recuerdos, luto y necesidad.


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